Amor en la playa

 
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Amor_En_La_Playa

Leo tantas cosas bonitas sobre el amor en Facebook, que casi lloro. Digo, casi.

Y ya que me inspiraron con tantos posts acerca del amor, el no
egoísmo y shalala shalala, voy a compartir una parte romántica y casi poética de mi existir.

Ella se llamaba Teresa, morena de cuerpo exuberante, morena y de cara se parecía a Pocahontas.

Su busto no era enorme, al acostarse sobre nuestro amoroso lecho le quedaban como par de huevos estrellados, pero ¡qué bah!, con esas piernas y esas caderas que tenía, aparte de la firmeza de su piel, el busto pasaba a segundo término.
Su mirada llena de erotismo y pasión me hacía adivinar lo que seguía.

Ella era mi novia, no llegaba a los 30 años de edad, de hecho, le faltaban como 3 meses para cumplirlos.

Por cuestiones de trabajo tuvo que irse a vivir a Huatulco en donde yo la visitaba con cierta periodicidad.

Un día que estábamos en la playa aproximadamente como a las 5 pm, como 2 enamorados jugueteábamos en las olas del mar – en la orillita porque ella no sabía nadar -, me abrazó y me dijo: – quiero que me hagas el amor en la arena.

¡Qué romántico! pensé, como en las películas, el sol empezando a esconderse tímidamente tras el horizonte, la playa casi desierta, toda para nosotros, fundirnos en un abrazo y hacernos una sola alma, un solo sentir, amarnos de poca madre.

Salimos a la orilla y recogimos nuestras cosas, nos fuimos alejando a lo más apartado de aquella orilla donde el murmullo de las olas sería la sinfonía que atestiguara nuestro pacto de amor.

Dispusimos las toallas en la arena, ella se recostó mimosa y extendió los brazos invitándome a poseerla.

Me acerqué a sus labios húmedos y los besé. Entre beso y beso la fui desnudando y ella a mí, no era mucho, solo mi trusa de baño.

¡Ahhh, al fin, como en las películas!

Al penetrarla sentí… sentí… sentí la maldita arena en mi pizarrín, raspaba como lija, ella también me dijo que le lastimaba la arena, y cuando nos estábamos poniendo de acuerdo en qué hacer, que llega una pinche ola que casi me la arranca, es decir, casi me arranca a mi novia de los brazos; sólo atiné a tomarla de la nuca y sacarle la cabeza del agua porque se iba ahogar.

¡La mochila! ¡el agua se lleva la mochila! gritó Tere. Yo tratando de hacerme el interesante y continuar con el romance suspendido le dije: – deja que se vaya, no importa.

Tere gritó de nuevo, – ¡en la mochila va tu dinero!

¡Rayos! salí muy a pesar de dónde estaba yo metido y ahí me ven corriendo encuerado persiguiendo la mochila que amenazaba con perderse llevando todo mi dinero.

¡Carajo! Así no pasa en las películas románticas ni en los sueños de algunas féminas.

Nuestra ropa y dinero empapados, mi pizarrín irritado, y el amor al estilo Hollywood tendría que esperar para mejor ocasión.

Tuvimos que conformarnos con llegar a la habitación y hacerlo sin arena y sin el murmullo de las olas.

¡Rayos!,  dijeran los auto compadecidos,  ¿por qué a mí?

CarlosAlejandroVenegas

 

Carlos Alejandro Venegas. Coach y autor de la obra ¿Que te paso en la cara?